Es como si hubiera una pared, impenetrable e invisible, tras aquellos párpados. La mirada se pierde entre el muérdago y una triste bombita de luz inerte. Nadie va a espetar una risa, no otra vez. Sus manos rezan unidos ambos bajo su pecho. Sus ojos son grises y ya no sé si estoy mirando sus pupilas o el cielo, bajo y con rasgos de desgano me observa a mi.
Los vecinos no paraban de hablar de lo mismo. Ni en sus mejores días recibió tal apuesta.
La nieve que cruza el umbral es el Mundo y mas allá de él no existe rostro alguna. Ninguna sensación, nada. Nada mas para transgredir.
Los portales no van a ocupar en una bala o lo siniestro. Nadie más que su mueca, eterna y lenta. En guerra contra todo aquéllo que no se hizo consciente hasta entonces. Todo lo que se dejó por decir.
Cuando se encontraron con ella pensaron que era un maniquí. Tal vez porque no había otra cosa en que pensar. Todos los corazones latieron unidos.
El barrio ya no es el de antes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario