Diciembre 26, 1967
Aaron terminó su coctel de Whisky con tranquilizantes (tal vez algunos mas de la cuenta) y salio en traje de baño a los latigazos del sol.
El escenario era una pileta pública del barrio de Monserrat.
Estaba semi vestido con un horripilante traje de Papá Noel, todavía tenía la botella en la mano y un aliento que sabía a violencia.
Su mujer se acercó tratando de disuadirlo a que volviera a los vestuarios, pero fue en vano, Aaron era un hombre, básicamente, en vano.
Sacudió a su mujer con la mano libre y la arrojó hacia una reposera, al grito de ''Alá es grande''.
Las miradas de las familias se posaron sobre él.
Comenzó a intentar subir, como pudo, las escalinatas del trampolín mas alto.
Al llegar a la cima, observó a la multitud, aquellos que lo observaban extrañados, con dejos de desaprobación, y los que hacía que no pasaba nada.
Pero había una mirada que lo quemaba por dentro desde su costado derecho. Era su suegra.
Sin más que agregar al asunto, Aaron sacó una escopeta de entre su traje y le asestó tres balazos de esos que hacen que el ganado vuele por los aires.
La reposera de la pobre quedo hecha un guiñapo de entrañas y alaridos de terro. Colapsó entre unos pobres gemidos guturales ahogados en sangre.
La tarde se llenó de gritos de desesperación, mujeres corriendo tras sus hijos pequeños y hombres pisoteandolos en escapes frenéticos.
Pero dos miradas lo volvieron a penetrar, esta vez desde el otro extremo de la pileta, eran sus dos hijos pequeños, Sara y Elías.
Papá los observó con el cariño que le permitieron las pastillas e hizo un gesto con la mano que, décadas mas tarde, ambos interp´retarían como un saludo.
Aaron se llevó la escopeta a su garganta y dejó este mundo sin deberle nada más a nadie.
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