domingo, 21 de junio de 2015
Estaba otra vez, parada en aquélla esquina, con el viento rozándole las mejillas, ásperas y tenues. Recostada sobre esa pared que era el único abrazo en la noche fría, mas fría que un témpano. Sus ojos eran grises, fijados en un pasado en ruinas que la había convertido en lo que era hoy, una sucia sanguijuela con sabor a nada.
Su cuerpo, fiel retrato de un aborto, la mantenía alerta pero amenazante, cansada pero erguida, esperando que pique aquél pescado que pudiera mitigar el hambre por solo unos segundos. Hambre de sangre, de míseros billetes,de poder apoyar esos músculos llanos que usaba para sentarse y excretar el contenido de una vida rota y miserable sobre la humanidad ronca y masculina de un cualquier otro ausente de nombre.
Cuando sin avisar, apareció él. No lo conocía bien, ni tampoco le importaba. Vino caminando por aquél callejón, como tantas otras veces. Tenía un brillo desordenado en sus pupilas.
No era un hombre atractivo, no parecía tener mucho efectivo ni una doncella en su palacio. De hecho, no creía que valiera ni dos centavos. Aún así, ella siempre veía un regalo invisible entre sus manos.
Se recostó sobre el paredón junto a ella. Ella lo miró como solía mirar a una cama de clavos. Dejó que se le acerque.
El rozó sus dedos sobre su brazo, sobre el tejido de su dolor, caparazón de cinco siglos y ella comprendió que ese pez era distinto. Lo miró a los ojos y observó paisajes de una guerra absurda, la cara de la moneda que nunca había conocido para pagarse un pobre zapato.
Él estaba tocándola, realmente estaba tocándola.
Respiraron tóxicos el humo frío de la madrugada y se hundieron en él.
Ella se cerró como una tumba pero la dejó abierta, esperando que su contrincante le ofreciera algo de lo que tenía mucho.
El le traía la muerte, se regodeó en su capacidad de aniquilar toda vida, todo intento de continuar sufriendo. Había venido a salvarla ¿pero quién lo salvaría a él?
La mujer apretó su sexo y lo abalanzó sobre el negro corazón del hombre.
Hicieron silencio. para siempre hicieron silencio, un silencio incómodo y febril y se quedaron a vivir allí.
Y créanme, por Dios créanme, que la tarifa, aunque alta muchas veces fue suficiente para que ambos fueran felices.
domingo, 14 de junio de 2015
domingo, 7 de junio de 2015
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