Una vez mi abuelo me dijo:
Hay monstruos que solo existen dentro nuestro, que son nuestros miedos, nuestras inseguridades. Pero hay otros mucho peores. Esos que pueden hacernos más daño.
Los monstruos si existen.
Hay momentos en la vida de todo niño/a que deben enfrentarse a ese tipo de monstruos reales y eso no es fácil. No lo es para una mente en la que, todavía, el bien siempre triunfa sobre el mal, en la que la bondad todo lo puede, en la que la imaginación va a ser su mejor amistad por siempre.
Hay más de una vez en la que aquella mente infantil, que como jardín mostrando sus primeros brotes de lo que serán potenciales futuros, no es cuidada, no es protegida y, más bien, amenazada por esos seres oscuros, esos monstruos.
Ese niño, esa niña, lejos de crecer en el amor y en el cuidado, crece en la defensa de su propio yo, forma barricadas de exorcismos a legiones de amenazas con la cara de aquel monstruo que traiciono su confianza primaria.
¿Como llenar el corazón de un niño solitario? ¿Como sanar la profunda herida de ese espejo que hasta el día de hoy espera reconstruirse?
No hay acto más poderoso que tocar un corazón partido en dos. No hay acto de mayor amor que el ser el apoyo de confianza para aquel que no le enseñaron a confiar.
Sean ese príncipe, esa princesa, ese extraterrestre, ese superhéroe, ese guerrero que nunca se rindió en el alma de ese niño y puede decirle: viví, que yo siempre voy a estar.
Sean
Siempre seanlo.